LA FILOSOFÍA DEL PERDÓN

¿Alguna vez has tenido una discusión, con alguien muy querido para ti, sin saber por qué empezó? Cuando reparas en la situación te encuentras ahogándote en un mar de palabras sin sentido que comienzan a emerger de tu ser. De inmediato recibes respuesta. Ahora esa discusión se convierte en una pelea, en un juego estratégico, en el que si te quedas callado, pierdes. En ese momento no mesuramos al daño que podemos hacerle a la otra persona. La elección equivocada de palabras más una entonación violenta, puede generar un verdadero caos. Nuestra falta de autocontrol conlleva a romper por completo el puente de comunicación y nos aleja de una solución al problema. En momentos de incesante intercambio de palabras, no puede faltar el arrepentimiento. Acto seguido de haber dicho una frase dolosa, nace la sensación de aflicción. Existen palabras o frases que en el candor de una pelea parecieran algo muy inteligente para argumentar, pero si existe la sensación inmediata de no haberlo dicho, seguramente no debimos hacerlo. Pero ¿Por qué lo hacemos? Muchas veces esas formas descontroladas de expresarnos son generadas como consecuencia de nuestros sentimientos lastimados, la frustración de no poder expresar adecuadamente nuestras ideas o de no hacer nuestra voluntad inmediata, todo este cúmulo de afecciones pueden generar un descontento generalizado en nuestra persona y llevarnos a decir cosas que realmente no sentimos. ¿El culpable? nuestro ego. Algunas definiciones mencionan al ego como la idea exacerbada de uno mismo, otras, como la perspectiva freudiana, dice que el ego es la parte consciente que guía la motilidad y equilibra la mente con la realidad para generar el instinto de supervivencia. Para hablar de conductas cotidianas en las relaciones humanas, el ego es un término que se ha adoptado para describir al eje causante y motivante de los pensamientos y actitudes egoístas, por lo que se convierte en uno de los aspectos personales más difíciles de controlar.

¿Cómo dominarlo? Es un tema estudiado desde hace muchos años por los expertos y aún no se clarifica un camino específico a seguir, por lo que no pretendo que en un par de palabras quede solucionado, sin embargo, me gustaría compartir lo que a mí me ha funcionado.  Cuando te encuentres en una fuerte discusión con alguien a quien amas y las cosas comiencen a salirse de control, lo que menos debes hacer es percibir cualquier comentario como un ataque personal, con ello evitarás los sentimientos desbordados y eliminarás la confusión emocional, la idea es pensar antes de decir cosas que agraven la situación, cuidar nuestras palabras puede evitarnos momentos muy malos; respira profundo, trata de hablar contigo mismo y piensa que esa persona realmente no desea hacerte daño, no es su intención lastimarte. Continúa razonando, piensa cuánto la quieres y cuánto te importa. ¿Recuerdas como comenzó este post? Con esa sensación de haber dicho algo de lo que te arrepientes de inmediato, seguramente esa persona en la pelea se siente igual, es decir, si yo no deseo lastimar a esa persona, ella tampoco desea hacerme daño. Con base a la lógica anterior será más fácil retomar el camino del diálogo y resolver la situación en ese instante, ya que tendremos la claridad mental para hablar objetivamente. Ponernos en el lugar de los demás nos facilita cambiar el rumbo de una pelea. Con lo anterior llegaremos a un estado de autocontrol emocional fundamentado en la empatía.

 

Por último, y ya en un estado más zen, debemos ejecutar lo que yo llamo la filosofía del perdón. No siempre tenemos la razón y a veces solo es cuestión de un segundo el poder reconocerlo, aprender de nuestros errores nos hace grandes, nos da alivio y nos ayuda a clarificar nuestra mente y espíritu. No debemos perdernos en nuestros sentimientos y pensamientos confundidos, es mejor darle cabida al perdón y permitir que nos inunde la razón del corazón. Si eso te es difícil piensa en lo siguiente: nunca sabes cuándo será la última vez que veras a alguien, no nos arrepintamos de no haber dicho un simple y sincero “perdóname”. Evitemos quedarnos con ese vacío que sentimos después de una pelea, ya que es el deseo profundo de arreglar las cosas y no haberlo hecho. No escuchemos a esa parte de nuestro ego que dice “¿y yo por qué?” o “no fue mi culpa” “yo siempre tengo la razón”… porque ¿Realmente la tenemos? Detengámonos unos instantes, pidamos perdón de corazón y aprovechemos el tiempo para amar y ser amados. Hoy pide perdón sin miedo, reconoce que te equivocaste y demuestra tu verdadero amor. En caso contrario, si efectivamente tú tienes mayor razón en la discusión y nada de ello fue tu culpa, genera un momento de calma y reconciliación. Siéntete bien de ser el portador de la iniciativa para terminar esa pelea y retomar el buen momento previo al descontrol, el dejar a un lado el orgullo y crear momentos de entendimiento y acuerdos nos da recompensas inimaginables. La filosofía del perdón te llevará a sentirte liberado, tranquilo y en paz